Qué verde era mi valle

«Cúan verde, verde y brillante al sol, era mi Valle aquel día».

Había leído en varias ocasiones que Qué verde era mi valle (Richard Llewellyn, 1939) era el Mujercitas para chicos (vayan ustedes a saber qué significa eso). No estoy muy convencida de esa etiqueta. Lo que yo os diría es que es una nostálgica carta de amor a la memoria de una vieja Gales minera, verde en la superficie pero negra y destrozada por dentro, y a sus humildes habitantes, familias capaces de sobrevivir a cualquier cosa pero condenadas a desentenderse en tiempos de miseria y cambio. Familia solo hay una, y como los Morgan, pocas.

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Creo que debéis saber de entrada que le he encontrado algún pero al libro, en momentos me pareció que se había quedado algo anticuado, es un pelín moralista y habría preferido un narrador que ofreciera algo más de claridad de ideas, ya que ciertas reflexiones se me quedan perdidas entre sus emociones. Aunque, en ese caso, tendríamos otro libro. Así que con lo negativo ya sobre la mesa, confieso lo mucho que disfruto de este tipo de historias, aquí con 665 páginas en las que vivo con la familia Morgan: como con ellos, canto y asisto a la capilla, sufro con los golpes que se llevan y los errores que comenten, me emociono con su valor (con esto mucho, hay un incidente en el primer tercio del libro que me tuvo literalmente pegada a sus páginas, creo que ni respiré). Maldigo el tiempo que obliga a su narrador, Huw, a crecer y no poder disfrutar de ese verde valle para siempre. Huw es un pequeño héroe de lo cotidiano que respeta el silencio en las comidas porque la cocina de su madre es sagrada, se enfurece ante aquellos que no lo quieren sacar de su ignorancia con unas pocas palabras, o con los que son los encargados de enseñarle pero vuelcan toda la crueldad del mundo en los más débiles, comprende que los besos son extraños porque mezclan tontería y tragedia, y deja que se le enfríe todos los días el té para salir a saludar a su hermanita que tira camino arriba por el valle.

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