Middlesex

Supongo que esta historia también comienza así:

-La señorita Stephanides, que procede del país de Homero, nos lo va a explicar

-Es de Ovidio. De la Metamorfosis. La historia de la Creación.

-Asombroso. ¿Y nos lo puede usted traducir?

-Todo viene del huevo.

– ¿Han oído eso, niñas? ¡Esta aula, sus rostros relucientes, incluso el viejo Cicerón de mi escritorio, todo ha salido de un huevo!

Pero para hablar de Middlesex tenemos que coger un barco en Esmirna, Turquía, en plena guerra greco-turca, que nos lleva dirección a Detroit:

Me gustaría tener a mí disposición emociones híbridas, complejas, construcciones germánicas encadenadas, como “la felicidad presente en la desgracia”. O esta otra: “la decepción de acostarse con las propias fantasías”.

Fábrica Packard, Detrot, también en mi peli favorita del año.
“Los días del harén habían concluido. ¡Bienvenida fuese la época del asiento trasero! Los automóviles eran los nuevos aposentos del placer. Convertían al hombre corriente en el sultán de la carretera.”

Mientras que yo, incluso ahora, persisto en creer que esos signos negros trazados en papel blanco son de la mayor importancia, y que si continúo escribiendo lograré atrapar el arco iris de la conciencia y guardarlo en un tarro.

"Aprendió a atender la avalancha vespertina de parroquianos con estilo de hombre orquesta, sirviendo whiskies con la mano derecha al tiempo que llenaba jarras de cerveza con la izquierda, acercaba posavasos con el codo y bombeaba el barril con el pie."
“Aprendió a atender la avalancha vespertina de parroquianos con estilo de hombre orquesta, sirviendo whiskies con la mano derecha al tiempo que llenaba jarras de cerveza con la izquierda, acercaba posavasos con el codo y bombeaba el barril con el pie.”

Middlesex era el testimonio de una teoría intransigente con el sentido práctico.

La normalidad no era normal. No podía serlo. Si la normalidad fuese normal, nadie se preocuparía de ella.

La biología nos da un cerebro. La vida lo convierte en intelecto.

"Hice lo que cualquier hija leal y afectuosa que se hubiera criado en un estricto régimen de película de Hércules. En aquel momento, decidí buscar a mi padre y, si fuera necesario, salvarlo; o al menos decirle que volviera a casa."
“Hice lo que cualquier hija leal y afectuosa que se hubiera criado en un estricto régimen de película de Hércules. En aquel momento, decidí buscar a mi padre y, si fuera necesario, salvarlo; o al menos decirle que volviera a casa.”

Nunca había estado tan cerca del Oscuro Objeto. No era fácil para mi organismo… La sección de cuerdas me serraba la espina dorsal. Los tímpanos me percutían el pecho. Al mismo tiempo, tratando de ocultarlo todo, no movía un solo músculo. Apenas respiraba. Ésa era más o menos la situación: catatonia por fuera, frenesí por dentro.

Chejov tenía razón. Si hay una escopeta en la pared, tendrá que dispararse. En la vida real, sin embargo, nunca se sabe dónde está el arma. La pistola que mi padre guardaba debajo de la almohada nunca se disparó. La escopeta colgada sobre la repisa de la chimenea del Objeto, tampoco. Pero en la sala de urgencias las cosas eran diferentes. No se oyó ruido alguno, ni hubo humo, ni olió a pólvora. Pero por la forma en la que reaccionaron el médico y la enfermera comprendí que mi cuerpo esta a la altura de las normas narrativas.

"Suele decirse: San Francisco es el lugar donde se jubilan los jóvenes."
“Suele decirse: San Francisco es el lugar donde se jubilan los jóvenes.”

Bien, ¿y qué me ha parecido el viaje?

Estupendo, pero como todo en la vida, no cumplió todas mis expectativas. Empezamos con lo bueno. Eugenides se pasa prácticamente el 90% de la novela describiendo, y aún así, muestra, no cuenta. Tiene un don para escribir de forma muy bella, original, sentimental, evocadora y divertida. La descripción de la cadena de montaje de la Ford es una auténtica virguería (“Wierzbicki pesca un cojinete, Stephanides lo pule y O’Malley lo encaja en un árbol de levas”). A mitad del libro hay una página en la que decide condensarte todo el libro que deja con la boca abierta. Habla al lector continuamente, le mima, le hace guiños, le hace cómplice de la aventura de Cal y le hace pensar sobre la preocupación más vieja del mundo para los libroadictos: para qué leemos, por qué escribimos. Es inesperadamente divertido (un ejemplo, unos padres que les da por leer clásicos, desisten con los griegos, atajan por Maquiavelo, deciden saltar a Thomas Hardy,  al final el único libro que les gusta es El viejo y el mar). Además, no descubro nada si digo que tiene una sensibilidad especial para captar y contar las sensaciones de las adolescentes, como la importancia del pelo de Calíope a los 13. Un tornado negro, como casi todo a esa edad, más un escudo de una identidad por formar que un acto de rebeldía.

¿Pero por qué digo que es irregular? Porque no me ha enamorado de la misma manera durante unas cuantas páginas. Está claro que es una novela épica respecto a la magnitud de la trama y muy ambiciosa en su ejecución; que apunta muy alto, y así la valoro. Se me hizo bastante larga la adolescencia más temprana de Calíope, mi interés se había quedado atrás o estaba por delante, con los fragmentos del presente que iba adelantando el autor. A veces me parecía que se estaba gustando un poquito en lo que sabe que hace muy bien, y la historia no acababa de fluir, sentía que se detenía en cosas intrascendentes. Pero esta es solo mi opinión, y seguro que a cada lector tendrá su propia experiencia. De cualquier manera, un libro de casi sobresaliente.

Solo puedo animaros a qué decidáis por vosotros mismos que os parece Middlesex, y de paso, también echarle un ojo a La Trama Nupcial, obra que parece menor (debate incluido sobre si es chick-lit o no, o cómo se vendería si lo hubiera escrito una mujer), pero que se ha quedado conmigo mucho tiempo tras leerla.

– Fuentes:  1, 2, 3, 4