Los vivos y los muertos

Esto es lo que me pasa con Los vivos y los muertos: me ha encantado, pero no sé el porqué. En principio, creo que no debería haberme gustado tanto. Los personajes son arquetipos planos que tiran a lo absurdo; los diálogos, artificiales a más no poder; no pasa casi nada (esto es lo que menos me importa, pero supongo que debería avisar ya de que no es una novela que descanse sobre su trama); e incluso, a veces, he tenido la sensación de que o yo no era capaz de hacerme con los temas que planteaba o, simplemente, es que no había nada más que rascar ahí. Y os digo que me ha encantado. Todo funciona y tiene sentido.

los vivos y los muertos

Los vivos y los muertos se puede empezar a contar como la historia de tres adolescentes huérfanas muy distintas: Alice, Annabel y Corvus, que se juntan casi por casualidad en un lugar perdido en Arizona. Las tres se necesitan y se completan, por mucho que se resistan a ello. A su alrededor se extiende un espacio irreal: el propio desierto, más una residencia de ancianos donde los vivos mueren (o tal vez son los muertos lo que tienen domicilio allí), un museo lleno de animales disecados, fantasmas rencorosos que empinan el codo o niñas prodigio que a los ocho años ya saben que «en la vida, bastaba conocer a una sola persona, que no era otra que uno mismo». Insisto en el escenario de la novela, porque creo que la intensa impresión que tiene este lugar, su peso en la historia, es uno de los elementos que han hecho que me tuviera tan fascinada este libro. Es una ambientación poderosa, un espacio que tiene una presencia muy fuerte, real y enigmática, casi sobrenatural en algunos episodios, que se siente palpitar y deja una marca en el lector.

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