El asesino ciego

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«I’m heartless, I thought. Therefore I’m homeless.»

El asesino ciego nos cuenta la vida de dos hermanas, Iris y Laura, hijas del dueño de unas fábricas de botones que volvió de la Primera Guerra Mundial con un equipaje que le incapacitaba para criar a las niñas. Tampoco es que de entrada pareciera saber qué hacer con ellas. Así que ellas tuvieron que aprender a cuidarse solas. Crecen inseparables, de forma que la existencia de una y otra casi se confunde. O eso le acaba por ocurrir al lector. Pero cuántas otras historias se esconden en El asesino ciego. Diría que el tema principal que aquí explora Atwood es la memoria y su relación tanto con realidad como con la ficción. Tenemos una historia familiar, pública en la medida de la celebridad de algunos de sus miembros, pero no es la realidad, tal vez escondida en el relato que construimos para entender o para sobrevivir, o sobre todo, en la historia de los secretos que nos rodean. ¿Por qué decidimos hablar, guardar algunas cosas y mentir en otras? En el centro de esta cuestión está su fascinante narradora, Iris, cuyas memorias se mezclan con recortes de prensa sobre su familia y un libro también llamado El asesino ciego, la obra maestra por la que Laura es recordada. Las hermanas Chase no están solas. Este es a su vez un recorrido panorámico sobre las clases altas en el periodo de entreguerras, aquellos cuya historia ha pasado a la posteridad en letras doradas, pero tal vez solo son unos buitres repugnantes que hacen de la guerra su negocio, la mentira su vida y el abuso de los más débiles, su único placer.

Creo que es una lectura fascinante, de las que cuanto más avanzas más posibilidades descubres, hasta a un final a la altura de la propuesta. Atwood es una excelente narradora, pasar con ella más de seiscientas páginas de ritmo lento e intenciones escondidas es un placer. Seguro que no es la última vez que me atrapa en sus redes.